domingo, 30 de mayo de 2010

LA CONSULTA DEL PEDIATRA: UN LUGAR DE ENCUENTRO

Vivimos en el Reino de la Incomunicación. Cada vez nos cuesta más entablar diálogos fructíferos con nuestras parejas, con nuestros hijos, nuestros amigos y compañeros de trabajo y por supuesto con las familias a las que atendemos a diario, aunque, curiosamente, sepamos más de esas familias que a lo mejor de cualquier tío o primo más o menos cercano a nosotros. La falta de tiempo, las prisas, la cultura de la inmediatez, la masificación, consiguen, las más de las veces, que nuestras consultas sean realmente lo que no deberían ser: un lugar de desencuentro. Aquí pues, el factor tiempo y la organización de los servicios juegan un papel importante en la génesis de algunos de los encontronazos que tenemos con las familias a las que atendemos. Y las familias que nos visitan lo saben. Pero también intuyen que ello no es todo. Estamos nosotros, sí, nosotros mismos, ese o esa que se sienta al otro lado de la mesa, con sus prejuicios, valores, neuras, etiquetas y demás. Las familias perciben frecuentemente que tardaremos menos de 10 segundos en interrumpirles cuando empiecen a contarnos lo que les pasa. Que expulsaremos habilidosamente a aquel que ose expresar en más de 15 segundos lo que quiere, que no estaremos dispuestos muchas veces a explorar nuevos campos de conocimiento ni nuevos modelos de crianza cuando delante tengamos a una familia que vive en el campo, es lacto-ovo-vegetariana y no está por la labor de vacunar a sus hijos. Las familias perciben que no estamos dispuestos a admitir que existen, como decía Gérvas, las excitantes consultas sagradas y que cómo tales, precisan parar el reloj y porqué no, el mundo.

Todos juntos, familias y profesionales, deberíamos declarar el espacio físico dónde desarrollamos nuestra actividad clínica, espacios libres de llamadas telefónicas, de interrupciones inadmisibles, de malos entendidos, de etiquetaciones y encasillamientos, de interrupciones que mutilan frases mágicas y destrozan ojos rojos que derraman lágrimas a borbotones. Deberíamos expulsar de este espacio sagrado la notoriedad desmedida, los paternalismos aplastantes, los egocentrismos insultantes y cultivar la escucha activa, la empatía, la humildad y la sinceridad por encima de todo. Deberíamos ambos, considerar nuestras consultas como una gran casa con las puertas abiertas, dónde recibimos y despedimos, siempre de pie, con cortesía, amabilidad y cariño, a esas amigos que son nuestros invitados. Deberíamos (los profesionales) escuchar y callar mil veces, mirar serenamente a los ojos de aquellos que han puesto la confianza en nosotros porque sólo así nuestras consultas serán eso, lugares de encuentro. Deberían las familias acudir con alegría e iniciativa a ese encuentro emocionante, que aunque repetido a veces hasta la saciedad, es nuevo, nace y se desarrolla y termina cada vez de forma distinta. Las familias deberían plantearse qué quieren obtener de cada encuentro, plantear previamente los objetivos a conseguir, anotar las dudas a preguntar y volcar en ese momento, porqué no, sus angustias y frustraciones relacionadas con la crianza de sus hijos.

Alguien dijo alguna vez que el dialogo es el mejor camino para solucionar los problemas y arreglar los errores cometidos y de eso, de problemas y errores sabemos mucho, tanto las familias como los profesionales de la salud. Quizá sería bueno que intentásemos convertir nuestros encuentros en espacios sublimes dónde fluya la comunicación amable y respetuosa, dónde el tiempo se congele sin importarnos demasiado que el reino de la incomunicación sigue girando y girando, ahí fuera, con sus miserables minutejos.

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